The jeans

Por Ferni Moreno ● Ilustración de Catriel Martínez

¡Qué programón ir a comprar unos jeans! Dijo nadie nunca. Lindo es tenerlos y usarlos a morir, pero el tema es encontrarlos. Necesitamos paciencia y salir – con la frente bien alta – al shopping más cercano.

Ahí arranca el culebrón: no solo hay que entrar en TODOS los locales sino que hay que probarse TODOS los modelos que pueden funcionar. Así, entre probadores mal iluminados y cortinas que te dejan en tanga en el medio del local, los conseguís. Encontrás esos pantalones soñados que te hacen sentir la Gisele Bünchen de Caballito; esos que con una remera blanca y unas botas, te hacen el look; esos que, con tu blazer de lino y unas chatas, te visten para la reunión con el plomo de tu jefe.

Pero no vale hacer trampa. ¿Viste cuando te mirás al espejo y metés panza? Te mirás de frente, de perfil, de espaldas y decís: LO LOGRÉ. Bueno, no es por ahí. Si encontraste el modelo que te calza a la perfección, lo mejor es que sea de tu talle. Porque no vas por la calle conteniendo la respiración, a no ser que quieras verte violeta y desmayarte en medio del supermercado. Esa voz lejana (que te dice que tenés que llevarte el talle 27 cuando sos 28) tiene que seguir participando. Lo mejor de tus jeans es que con ellos te sientas cómoda y potra. Y si encontrás el calce perfecto, comprate dos (tarjetealos en 12 y listo) porque si lo discontinúan te vas a querer Mateico.

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